La mujer que se sumergió en las tripas de América Latina y contó al mundo qué había allí

por | 17 May, 2018 | PERSONAS | 0 Comentarios

Alma Guillermoprieto. Ilustración de © Ilu Ros, 2018
Alma Guillermoprieto retratada por © Ilu Ros, 2018.

Dice haber usado ya siete vidas, como los gatos. Alma Guillermoprieto acaba de obtener el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2018. ¿Cómo se convirtió una bailarina mexicana fascinada por la efervescencia revolucionaria de los años 60 en la gran corresponsal de América Latina para los diarios y revistas más prestigiosos de Norteamérica? Intuición, coraje, talento, suerte, trabajo incansable y entrega total forman parte de su apasionante historia.

En la facultad de Periodismo, más allá de Oriana Fallaci, no recuerdo que existieran las mujeres como referentes. La primera vez que oí el nombre de Alma Guillermoprieto fue en un taller de periodismo narrativo que tuve la suerte de hacer en Madrid, hace unos años, con Julio Villanueva Chang. El fundador de la revista peruana Etiqueta Negra, que ha publicado crónicas de algunos de los periodistas más prestigiosos del mundo, nos habló aquellos días de muchos maestros del relato periodístico y nos dio a leer perfiles y reportajes fabulosos. Entre tanto nombre de hombre -Kapucinski, Tom Wolfe (me impresiona la noticia de su muerte mientras escribo estas líneas), Gabriel García Márquez, Jon Lee Anderson, y tantos más- me llamó la atención una mención a esta mujer mexicana de tan curioso apellido. Me lancé a buscar textos suyos y quedé fascinada. Periodismo y literatura fundidos en crónicas que pueden llevarte una hora de lectura, te atrapan al segundo párrafo. Te trasladan en el tiempo y el espacio al lugar y el momento donde ella está escribiendo lo que ve a su alrededor. “Puedes encontrar oro en los detalles más insignificantes, si tienes paciencia. Puedes abrir una ventana y mostrar a tus lectores el corazón, el espíritu y la mente de otras personas: porque te has sumergido en su mundo y lo has habitado”, oí decir hace poco a Malcolm Gladwell, escritor y también reportero estrella del New Yorker, acerca de la buena escritura de no ficción. Eso ha hecho Alma Guillermoprieto durante décadas; eso sientes cuando lees, por ejemplo, sus reportajes sobre las maras salvadoreñas, los desaparecidos de Argentina, el narcotráfico en Colombia o la guerra de los cárteles mexicanos.

Hace unos días, cuando la Fundación Princesa de Asturias anunció que era la ganadora del Premio de Comunicación y Humanidades 2018 -ojo, es sólo la tercera mujer en ganarlo en casi 40 años-, me puse a curiosear más en la vida y el trabajo de esta periodista. Y también he quedado fascinada. Su autobiografía, si algún día se anima a escribirla, será una joya para las facultades de Periodismo, que irónicamente nunca pisó en su juventud. Aunque es posible que ella considere que ya está escrita, por entregas, a través de los libros que recopilan sus memorias de juventud (La Habana en un espejo); sus crónicas periodísticas (Al pie del volcán te escribo, El año en que fuimos felices) o su pasión por la música y la gastronomía (en su última obra publicada, Los placeres y los días, de 2015).

Alma Guillermoprieto tiene hoy 68 años. El 27 de mayo serán 69. Nació y se crió en México pero se mudó todavía adolescente, junto a su madre, a Nueva York. Por entonces su vocación era ser bailarina profesional; allí tuvo la oportunidad de formarse en muy buenas escuelas y llegó tener un gran nivel. Su afinidad con las ideas de la revolución castrista y su espíritu rebelde la llevaron a mudarse a La Habana, con 19 años, para ejercer allí como profesora de danza contemporánea. ¿Cómo acabó convirtiéndose, entonces, en una de las cronistas más reconocidas de América Latina? Es una de esas historias en las que un talento innato se encuentra con una serie de casualidades rocambolescas… y se atreve a aprovecharlas. ¿Le pasaría lo mismo a Tom Wolfe? El padre del Nuevo Periodismo, de jovencillo, sólo quería ser jugador profesional de béisbol.

Ella misma lo relata en el reportaje “La llamada sandinista”, publicado hace años en la revista colombiana Gatopardo: “A mediados de 1973 me ofrecieron una beca para estudiar en Chile. No me acuerdo de qué carrera se trataba, pues para mí era un asunto secundario. Lo importante era vivir lo que se llamaba la experiencia chilena, solidarizarse con la izquierda de ese país que, contra viento y marea y cada vez con mayores tropiezos, intentaba gobernar”. Tomó un vuelo a Santiago y a mitad del trayecto el comandante anunció que había habido un golpe de estado y Allende se había suicidado, por lo que aterrizarían en Buenos Aires. Al llegar al aeropuerto, aquel 11 de septiembre, Alma se desmayó en la cola de la aduana.

Aquello fue un shock, y le costó superarlo varios años. Abandonó la danza profesional -aunque nunca dejaría a un lado el placer de bailar- y empezó a ganarse la vida como traductora. Una noche de agosto, cinco años después, encendió su televisor en México. Allí estaban las primeras imágenes de la revolución sandinista: “la cámara mostraba los besos y los vivas que lanzaban al paso de los guerrilleros hombres y mujeres casi en harapos, y casi tan felices como ellos”. Esa noche no pudo dormir y en tres días, aquella bailarina que soñaba con ser parte de revoluciones que cambiarían el mundo, se presentó en la devastada ciudad de Managua.

“Con el corazón en la boca, presenté el pasaporte y la visa: ¿me creerían que era reportera? Pues no era verdad. Si bien era cierto que había escrito uno que otro artículo para una publicación feminista, y algunas reseñas de danza para una revista semanal, me ganaba la vida como intérprete simultánea”. Lo que sí era verdad es que un amigo editaba en Londres un boletín sobre América Latina y necesitaba desesperadamente que alguien le cubriera en el terreno los acontecimientos en Nicaragua, porque su corresponsal allí se había ido de pesca justo antes de que estallara todo. Con tal de ir a Managua, Alma le prometió que le enviaría reportajes desde allí. Hablaba español y pensaba en inglés. “En cuanto a lo demás… ya iría averiguando por el camino cómo se hacía eso”. Y así fue.

– “Lléveme al hotel donde están los periodistas”, dijo nuestra bailarina al subir a un taxi en el aeropuerto, porque lo había oído decir en muchas películas.

Esta descripción de aquel momento dice mucho de la escritura con alma de Alma Guillermoprieto:

El taxi era un vetusto modelo de aquellos que tenían como colmillos en el frente y aletas de tiburón atrás. Hubiéramos podido caber sin problema ocho personas, pero yo era la única pasajera, y en cuanto arrancamos me sentí muy sola. El áspero terciopelo sintético del asiento me cepillaba los muslos, el carro rebotaba, según los baches, ahora suavemente, ahora con rechinidos histéricos, y el chofer guardaba un silencio negro, feroz, deprimido, que después aprendería a reconocer entre aquellos que han sufrido alguna catástrofe.

Era el final de la tarde, y el sol caía a fuego. Reconocí el paisaje visto en el noticiero, pero por lo pronto de la revolución que había venido a ver no había ni asomo. Vi carretera, polvo, casuchas de tablón, algún carrito con hielo raspado y jarabe de colores, terrenos baldíos, más polvo, una farmacia, un semáforo, casuchas de bahareque, perros flacos. Aquí y allá, los nicaragüenses: gente de piel morena, huesos finos y ojos grandes.

 

A la mañana siguiente recibió una llamada que cambió su vida y la decantó, ya para siempre, hacia el periodismo. Un amigo de su amigo londinense le pidió que enviara crónicas para su periódico, pues su común amigo le había dicho que era una excelente reportera. Así son las cosas, ¿quién no recuerda un momento clave en su vida, un instante, un encuentro, que marcó su camino? Antes que reconocer que sólo era una suplantadora momentánea de un oficio que desconocía, le pareció más oportuno contestar que sí. Y así fue como se convirtió en la cronista de la revolución sandinista para The Guardian.

“Salí a recorrer la ciudad en busca de aventuras y entrevistas. Me pareció entonces (y a decir verdad, hasta la fecha) que el oficio de reportear no encerraba grandes misterios: andar sin destino fijo; detenerse a ver cosas interesantes; hacer preguntas impertinentes sin que nadie reclame; escuchar algún tiroteo por ahí y sentir el relampagazo doble de la adrenalina y la curiosidad; agotarse buscando respuestas sobre temas esenciales; sentirse conectada a las mejores causas… Todo era sencillo y emocionante”.

Casi un año después ella seguía en Managua y celebró el triunfo de la insurrección contra Somoza como una nicaragüense más. “Fue quizás el último momento inocente en mi vida y en la de muchos de los que estuvimos allí”, dice, y rememora que aún viviría muchas decepciones, igual que tantos izquierdistas, como la que supuso el devenir de aquella revolución del pueblo contra el dictador.

Desde entonces y durante treinta años cubrió historias, personajes, guerras, en muchos rincones de América latina, pero muy especialmente en Centroamérica. Siempre tomándose su tiempo para investigar, dejarse llevar, seguir su intuición, hablar, observar, mantener todos los sentidos alerta y tratar de entender para poder trasmitir lo que vivía y sentía al respecto a los lectores de los medios más prestigiosos de Estados Unidos. De The Guardian pasó a trabajar para el Washington Post, donde publicó crónicas que desvelaron al mundo la masacre de El Mozote  en El Salvador, y que le dieron proyección internacional. Newsweek, The New Yorker y The New York Review of Books la ficharon en los años 80 y 90 como delegada o corresponsal. Pasó mucho tiempo cubriendo los conflictos armados y el día a día en Colombia y escribió Las guerras de Colombia, lectura imprescindible para quien quiera entender mejor la historia reciente del país, pero también su intrahistoria. Gabriel García Márquez la invitó al seminario inaugural de su Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, en 1995, y desde entonces dicta periódicamente talleres en Cartagena de Indias y en varias universidades, como la de Chicago.

Alma Guillermoprieto en Madrid en 2017. Imagen facilitada por la Fundación Princesa de Asturias
En Madrid en 2017, cuando recibió el Premio de Periodismo Ortega y Gasset.
Imagen cedida por la Fundación Princesa de Asturias.

Así que ahora forma a nuevas generaciones de periodistas, pero cuenta que en sus talleres ella apenas dice nada. Sobre todo escucha y anima a sus alumnos a debatir entre sí, a leer y a escribir, escribir, escribir. Asegura que ha visto y contado tantas historias que tiene la impresión de haber olvidado las más importantes. Os dejo con una reflexión de esta narradora con la que me siento muy identificada. Describe algo inquietante acerca de lo cual he preguntado mucho, durante años, a periodistas y fotógrafos amigos o compañeros:

“Lo único que siempre me ha resultado verdaderamente difícil a la hora de reportear es el abordaje inicial, el saludo impertinente del periodista. Va uno con su ropa decente y su reloj de pulso, su cámara y sus dientes completos alineados en sonrisa, y cuaderno en mano, saluda a una víctima del destino. Por cortesía, el incauto infeliz devuelve el saludo, y en premio se ve interrogado, escudriñado, examinado, confesado, y nuevamente abandonado –todo en cuestión de minutos, y para que al final resulte que ni siquiera queríamos hablar con él, sino con cualquier otro damnificado que tuviera más muertos en su familia”.

Qué pena que John Rettie, que así se llamaba aquel periodista londinense que la recomendó a The Guardian hace cuarenta años, no pueda sentarse entre el público en la ceremonia de entrega del Premio Princesa de Asturias. Falleció en 2009 tras una vida nómada de reportero tan trepidante como la de Alma. Imagino su sonrisa y el guiño que ella le dedicaría -tal vez se lo dedique igualmente- desde el estrado, mientras le cuelgan esta medalla al valor y a la curiosidad.

Podéis leer algunas crónicas de Alma Guillermoprieto aquí.

El retrato que ilustra este post es de Ilu Ros, una artista española cuyo inspirador trabajo podéis seguir en su web o en su Instagram. Gracias, Ilu, por prestárnoslo para On the 50 Road.

“A mí lo que me seduce es la realidad”. Alma Guillermoprieto habla sobre su obra periodística y literaria.
Entrevista en Medellín, Colombia, 2011.

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