El número de octubre de la MIT Technology Review, la revista del Instituto de Tecnología de Massachusetts, llevaba el siguiente titular: «OLD AGE IS OVER!», en tipografía negra sobre fondo blanco a tamaño gigante. Y con un subtítulo elocuente «IF YOU WANT IT«.  El hecho de que una de las universidades referentes a nivel mundial en innovación e investigación tecnológica y científica, dedique un monográfico al asunto de la edad, dice mucho. Y con razón. Los países que gozamos de un cierto bienestar hemos ganado 30 años de vida desde 1900.

La longevidad va a traer consigo un poder de transformación tan brutal que está poniendo en cuestión nuestras expectativas de vida y, consecuentemente, nuestra forma de ver y vivir el hacerse mayor. La perspectiva de vida que traíamos de herencia ha dejado de tener sentido, y toca ocuparse y readaptarse. Un tsunami. El titular de este número de la MIT Technology Review, rotundo y potente, anuncia un monográfico dedicado a visibilizar las innovaciones en ciencia, tecnología y diseño, y también los retos y las oportunidades sociales que plantea el fenómeno de la longevidad y la nueva forma de envejecer, que van a afectar de forma transversal nuestro modus vivendi. Incluso en el modo de entendernos a nosotros mismos como individuos libres de estereotipos obsoletos (solo un 35% de las personas mayores de 75 años se consideran «mayores»).

Ahora la sociedad al completo tendrá que abrazar el cambio porque, como cuenta el director de esta revista, Gideon Lichfield en su carta de presentación: «El futuro dependerá de las decisiones que tomemos hoy.» Quizá llegue a existir el secreto de la juventud eterna, más bien de la longevidad eterna, incluso hasta el elixir de una vida plena. En ello andan investigando un montón de científicos e invirtiendo filántropos que desean formar parte de un hito histórico.

Y en lo que coinciden todos los científicos es que para llevar a cabo estas investigaciones es necesario que los grupos de presión sobre salud pública, como la Organización Mundial de la Salud (OMS), reconozcan el envejecimiento como una patología en sí, tratable, para que las instituciones se impliquen e inviertan más en las investigaciones. Hasta ahora el envejecimiento se  ha considerado un hecho que hay que asumir porque nos atañe a todos los seres humanos, un fenómeno de la evolución que se da por causas naturales, sin opción a revertir el curso natural. Pero la cuestión que se plantea ahora, a nivel científico, supone darle la vuelta a esta forma de ver el envejecimiento para plantearlo como algo tratable y digno de estudio: ¿Qué pasaría si las enfermedades que surgen cuando nos hacemos mayores fueran síntomas y no causas de la vejez?, ¿qué pasaría si clasificáramos el hecho de envejecer como una enfermedad en sí?.  El GRAN CAMBIO comenzó en los años 80 cuando la fundación norteamericana MacArthur puso sobre la mesa un nuevo envejecimiento en positivo, y la necesidad de investigar para superar un declive irremediable. Y el gobierno norteamericano a sabiendas del cambio demográfico al que íbamos y vamos abocados decidió invertir en ello. A partir de ahí se ha extendido por el planeta todo tipo de investigaciones dedicadas a transformar nuestra forma de hacernos mayores.  El objetivo es tratar el envejecimiento desde la raíz, y no centrarse solo en las patologías que lo acompañan. Envejecer en forma el mayor tiempo posible es hoy el santo grial para multitud de investigadores a nivel global. Algunos incluso van más allá, osando retar a la muerte.

Entre los autores de los avances más reconocidos a nivel internacional se encuentran dos científicos españoles.  María Blasco, doctora en Biología Molecular y directora, desde 2011, del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) en España,  y a quien, por cierto, no alude la revista; y Carlos Izpisúa Belmonte, bioquímico y farmacéutico, a quien la MIT Review le dedica uno de sus reportajes.  Ambos coinciden en que el envejecimiento (a partir de los 40/50 años, que es cuando comienza el proceso de envejecimiento molecular) es la causa principal de riesgo de muchas enfermedades como el cáncer, enfermedades cardiovasculares y degenerativas. Blasco con su grupo de investigación Telomeres and Telomerase Group está enfocando sus investigaciones, desde el 2001, en el tratamiento y prevención de la enfermedad del envejecimiento (el acortamiento de los telómeros) con tratamientos que activan la telomerasa, «la enzima de la eterna juventud» capaz de mantener los telómeros en buen estado, retrasando así el envejecimiento celular.  Izpisúa, por su parte, desde el Instituto Salk de Estudios Biológicos en California, se dedica a prescribir el genoma (lo que nos viene de fábrica) para corregir los errores que causan enfermedades en el embrión antes de nacer y también una vez nacido. Su objetivo es entender cómo se desarrolla el ser humano. Investiga la interacción entre genoma y medioambiente para llegar a entenderla y conseguir modificarla, y evitar así la aparición de enfermedades degenerativas, del cáncer, y de enfermedades cardiovasculares. Uno de sus descubrimientos más recientes que ha dirigido es la modificación o reprogramación del epigenoma, es decir, las marcas por encima del genoma que vamos acumulando, nuestro medio ambiente y el estilo de vida que llevemos, y que determinan nuestra salud en un 80%. Esta modificación puede tener efectos extraordinarios de regeneración, por ejemplo, se puede revertir el envejecimiento antes de curar una enfermedad en concreto. «Estoy seguro de que el niño que vivirá 130 años ya se encuentra entre nosotros«, comenta el profesor. «Estamos en una fase muy interesante de la evolución humana en la cual el hombre podrá cambiar su destino y reinterpretar la lectura del manuscrito que ha ido escribiendo a largo de su vida.» El manuscrito recoge las marcas que vamos añadiendo y hacia el final de nuestros días nuestras células dejan de ser capaces de leer ese manuscrito, lo que da lugar a la aparición de la enfermedad y del envejecimiento.

Ambas investigaciones y todas las que se están llevando a cabo por el mundo se están testando todavía en animales, pero ya se están acercando a los humanos, de hecho ya se está actuando en embriones adultos para cortar enfermedades hereditarias, aunque su eficiencia aún no está probada. La Dra. Joan Mannick, fundadora de resTORbio, está volcada en la investigación de fármacos capaces de retrasar los efectos del envejecimiento con ensayos clínicos que inciden directamente en el sistema inmunológico, y asegura, en una de las entrevistas, que en un año podremos comprobar sus resultados. Y en menos de una década podremos experimentarlo, si así lo deseamos…

Pero, todas estas investigaciones centradas en alargar la vida tienen su cara y su cruz. Vivir más, en sí, es una provocación, y surgen también corrientes detractoras: va contra natura, es un conflicto ético, va a suponer un colapso económico, plantear el envejecimiento como una enfermedad tratable corre el riesgo de disuadirnos de cuidarnos de forma preventiva… Además parece que nuestra propia naturaleza, ajena a cualquier tipo de fármacos, va encaminada a buscar también la manera de prolongar su vida. Nuestro país vive una eclosión de hiperlongevos (ya se contabilizan 16.387 centenarios). Según la Universidad de Washington, España será el país más longevo del mundo en 2040, superando a Japón y Suiza. El semanal XL dedicó un reportaje al fenómeno de la longevidad en las aldeas de Ourense, donde se concentra una cantidad de octogenarios y nonagenarios activos que supera cualquier expectativa mundial. «Este fenómeno tiene un nombre científico: compresión de la morbilidad, cuenta su autor Carlos Manuel Sánchez, . Básicamente, consiste en que se va demorando la pérdida de autonomía hasta edades muy avanzadas. «Esta gente vive muy pocos años ‘malos’ en comparación con el resto de población anciana. Es un círculo virtuoso. Si llevas una vida saludable, activa, vives mejor más años. A veces es una cuestión de mentalidad, de ‘creérselo’… Si tengo 87 y me dicen que puedo llegar a los 100, hago cosas. Me planteo que igual tengo que pintar la cocina, o cambiar de coche, o echarme novia», comenta el geriatra.

Pero para el resto de los mortales que envejecemos más fácilmente, la ciencia cabalga a galope a pesar de nuestra desconfianza o de cualquier traba institucional, y está volcada en entender el proceso del envejecimiento para trastocar la evolución humana de forma radical. Desde ahora en adelante el ser humano evolucionará retando el devenir del envejecimiento natural, nuestra edad cronológica, ese momento vital de pura decadencia al que nos veíamos abocados. Y nuestro papel, a nivel social, es prepararnos para asimilarlo.

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