¿Qué es eso del Burning Man?

por | 18 Sep, 2017 | LUGARES, NOS GUSTA | 0 Comentarios

“Es un movimiento cultural a nivel global”, así lo definen sus fundadores actuales. Suena un tanto pretencioso, pero poco a poco se lo está ganando.

Rebobinemos…, en el solsticio de verano de 1986, dos amigos, Larry Harvey y Jerry James, se llevaron a la playa de San Francisco una figura de madera construida por ellos mismos, para quemarla como ceremonia purificadora. Algunos curiosos se acercaron. El fuego tiene un poder hipnotizador muy grande. Y ahí comenzó la chispa que generaría el Burning Man actual. Aquel primer acto gustó tanto que se convirtió en un ritual que reuniría cada vez más gente, tanta, que en 1990, las autoridades prohibieron la quema del muñeco. Pero la mecha ya estaba encendida y sus precursores no tenían intención de apagarla.

Se buscó una alternativa, un nuevo lugar, el Black Rock Desert, en le desierto de Nevada, a 644 kilómetros de la playa de San Francisco. Organizaron una caravana con unos 90 peregrinos y enfilaron hacia una de las zonas más planas y áridas de los EE. UU. Condujeron la noche entera y a la mañana siguiente ya habían encontrado donde ubicar su campamento, en la zona de “la playa”, un lago seco del Black Rock Desert. Allí montaron y levantaron entre todos el Burning Man, para reducirlo a cenizas al cabo de unos días. Los primeros encuentros en el desierto fueros pequeños, pero el lugar era tan inhóspito que sus fundadores tuvieron que activar un equipo de centinelas del desierto, The Black Rock Rangers, para asistir a los asistentes en estado de fragilidad por las lindes del campamento.

El traslado al desierto fue un punto de inflexión en el festival. El asunto se transformó en una especie de peregrinaje a la casa del Burning Man. El lugar elegido estaba fuera del mundanal ruido, de la vida cotidiana de los asistentes, y era un lugar exigente, donde sobrevivir en el campamento suponía un reto y donde el público se convertía inevitablemente en participante del encuentro. El festival encontró entonces un propósito: esfuerzo, participación y colaboración. Y al año siguiente vino la creatividad, cuando dos mujeres artistas del circo pidieron quemar el muñeco con todos su honores. Fue el comienzo del show. Y lo que había comenzado con un grupo de curiosos de 20 personas, diez años después reuniría a 8.000 personas y treinta años después a más de 67.000 almas. Tiene su mérito.

El espectáculo es como una alucinación. Durante una semana surge una ciudad al estilo Mad Max, que después desaparece sin dejar rastro alguno. Desde la coronilla del Burning Man se podría apreciar su disposición semicircular, como la marca de una huella ultraterrestre en la inmensidad del desierto, y un ajetreo trepidante de hormigas dentro del campamento base. Pero cuando bajas, las hormigas cobran formas humanas y todo tipo de manifestaciones fantásticas y excéntricas. A este festival de verano no se lleva dinero ni hay una programación de eventos, no se venden camisetas ni bebidas (solo café, refrescos y hielo), no hay restaurantes y no tiene papeleras. Cada uno crea su performance, sobrevive con sus propios recursos, si necesita algo cuenta con el resto de sus vecinos, y cuando se acaba el espectáculo, se lo lleva todo consigo. No se puede dejar rastro.

Burning Man es una ciudad si autoridad y sin jerarquías, donde lo que cuenta es la contribución artística que haga cada cual y la colaboración entre los participantes. Es una forma de crear comunidad entre gente de diferentes nacionalidades (el 20% son extranjeros), edades (15% supera los 50 años, la media ronda los 30 y suelen asistir 900 niños) y diferentes niveles de educación y profesiones. Puedes interactuar con un yuppie de Nueva York, un conductor de camiones, un profesor, un cerebrito tecnológico del Silicon Valley, una ama de casa, un artista, un líder empresarial o un jubilado. Es un gran laboratorio experimental para la vida fuera del festival.

Y este interés en que sirva de aprendizaje social y empresarial es uno de los grandes retos de la directora del festival Marian Goodell, una asidua desde 1995. Sí, el festival tiene hasta una CEO. Cuenta con un organigrama empresarial, que incluye fundadores, un staff de 80 empleados y diferentes entidades que se van generando entorno al festival, el Burning Man Project, la Fundación Black Rock Arts, Black Rock Solar, Burners Without Borders, eventos regionales y franquicias internacionales como Burning Mountain en Suiza, AfrikaBurn en Suráfrica, Midburn en Israel y Fuego Austral en Argentina. Marian Goodell se encarga de dirigirlo o como lo define ella misma de “facilitar el encuentro” y desarrollar su expansión global a través del Burning Man Regional Network con 250 representantes que cubren 30 países en 6 continentes.

La entrada cuesta 400$ por persona, la semana completa. El festival maneja un presupuesto anual de 40 millones de dólares, entre entradas y donaciones, que invierte en obra social en forma de becas y formación a creadores de arte interactivo, y de apoyo a programas cívicos encaminados a promocionar el diálogo y actividades innovadoras. ¿Por qué no reflejan en la web las actividades que apoyan? Sería interesante. Una suele tener muchas veces esa extraña sensación de preguntarse a dónde van todos esos dineros que se recaudan en obras benéficas o asociaciones.

El festival se fundamenta en diez principios, que se pusieron por escrito en 2004, y que resumen el espíritu de Burning Man. El objetivo de Marian Goodell es que estos valores salgan de las fronteras del Black Rock Desert y que vayan calando en la gente para construir una sociedad más productiva, colaborativa, innovadora, comprometida e inclusiva. Estos son los diez mandamientos:-

Inclusión radical: todo el mundo es bienvenido a ir, sólo necesitas la entrada (que ronda los 400$) y seguir las explicaciones de su manual de supervivencia.

Regalar: “’Burning Man encuentra su devoción en el acto de ofrecer”, se espera que los participantes del festival subsistan a través de una ‘economía del regalo’, ya sea mediante el regalo mutuo de objetos, el intercambio de favores, o sencillamente porque el compañero lo necesita.

Desmercantilización: el evento busca crear un ambiente social fuera de todo proceso comercial o publicitario; el objetivo es protegerse de la cultura de explotación. La única transacción monetaria que se permite está relacionada con el transporte al evento o la compra de hielo y bebidas no alcohólicas, cuyos beneficios van a diferentes organizaciones sin ánimo de lucro.

Autosuficiencia radical: “Burning Man induce al individuo a descubrir, ejercitar y confiar en sus propios recursos internos”, de ahí que se prohíba prácticamente todo el comercio y los participantes deban estar preparados y llevar todo lo necesario para subsistir en un lugar tan potencialmente hostil y remoto como el desierto.

Autoexpresión radical: se espera que los participantes respeten las libertades propias y ajenas, y que se expresen libremente a través del arte y otras formas, siendo la ropa opcional y el nudismo practicado comúnmente.

Esfuerzo comunal: se busca promover la producción y protección de una comunidad y espacio común basados en valores de cooperación y colaboración.

Responsabilidad cívica: se espera que los participantes actúen de acuerdo a la ley local, federal y estatal, y que asuman responsabilidad por sus acciones dentro del festival.

No dejar rastro: uno de los objetivos clave es conseguir no dejar ninguna huella de que se haya producido evento alguno en la región; se busca promover, por tanto, una atmósfera en que los participantes tengan cuidado de no dejar basura, o de recogerla en caso de encontrarla.

Participación: se busca que la gente participe y no se limite a observar, pues desde la organización del evento dicen que son una comunidad con una fuerte ética participativa: “pensamos que todo cambio transformador, ya sea individual o en sociedad, sólo puede ocurrir a través de un profundo compromiso de participación personal. Logramos ser de una manera determinada al actuar de esa manera, por lo que todos son bienvenidos a trabajar y jugar”.

Inmediatez: “la inmediatez de la experiencia es la piedra angular de la cultura del festival”.

Burning Man es un evento, cada vez más grande, tanto que se ha expandido por el mundo, y quien allí va suele sufrir una experiencia transformadora: aprende a sustraerse de sí mismo para participar en comunidad. Y cuando se va, se lleva las ascuas de lo que allí ha experimentado, que le ayudarán a funcionar mejor en su vida cotidiana por una buena temporada. Además de un acto cultural, es un aprendizaje.

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